¿Vicent, cómo fue tu infancia en Formentera?
Fatal (ríe). Fue aquí en Porto Saler. Después de la Guerra Civil vino Franco. España estaba destruida, mucha miseria y el que no tenía terreno suficiente no podía cultivar como para producir ni tener el suficiente ganado, por lo que todo se limitaba a pequeñas producciones y a un par de cabras. Eso nos pasó a nosotros que éramos siete hermanos y mi padre trabajaba en la extracción de sal en ses Salines de Formentera. Los hermanos íbamos al colegio en Sant Francesc con el mestre LLuís Andreu, donde aprendí a leer y a escribir y estuve hasta cuarto o quinto grado, no me acuerdo exactamente.

¿Qué te llevó a emigrar?
Cuando empezó a llegar el turismo a la isla me llamó la atención conocer gente de otras culturas. En ese momento la mayoría eran alemanes y franceses, me gustaba su forma de ser y despertó mi deseo de conocer mundo. Así que decidí apuntarme a algún buque mercante e iba al muelle, aquí en la isla y en Ibiza, y siempre preguntaba si había alguna vacante en barcos españoles de carga. En una oportunidad fui a Barcelona y recorrí el muelle con mi libreta que certificaba que había cumplido el servicio militar, que realicé tres meses en Cartagena, luego en Palma de Mallorca y que finalicé en la comandancia de Ibiza, pero faltaba el último sello. Tuve que volver a Ibiza para que le pusieran el cuño (ríe). Volví a Barcelona y esa misma noche pude embarcarme.
¿Cuál era la ruta de ese buque mercante y que labores desarrollaste?
Este barco hacía la ruta por el Mediterráneo. Como tenía un poco de experiencia como camarero al principio me dediqué a arreglar habitaciones, servir lo que me pedían y luego a trabajar en la sala de máquinas.
¿Cuánto duró esa primera travesía?
Dos meses por el Mediterráneo tocando puerto en Italia, Grecia, Francia, Tetuán, Tánger, y luego Portugal, Madeira y las Azores. En abril de 1971 me ofrecen alargar contrato para cruzar el Atlántico. Yo no sabía en concreto donde íbamos pero me daba igual ya que lo que quería era conocer otros lugares.
Y llegaste a Nueva York… ¿sabías algo de inglés?
Si, ya que siempre me gustó el inglés. Fui estudiando por correspondencia con un curso que se dictada en Soller, en Mallorca, y que había conocido durante el servicio militar. Este te enseñaba como escribir y pronunciar por fonética. Yo mandaba por correo los ejercicios para que me los corrigieran y veía lo que estaba correcto y lo que no. Cuando llegué a New York en mayo del 71 ya tenía una base de inglés para defenderme. Además contaba con los papeles que realizaba la compañía naviera sueca americana para la que trabajaba y que me permitía salir del muelle, pasear y luego regresar al barco donde comíamos y dormíamos. Eran otros tiempos, nada que ver con ahora.

¿Cuál fue tu primera impresión de Nueva York?
Una ciudad muy grande con gente muy diferente y de color que yo nunca había visto, por lo que me impresionó un poco. Eso en el primer viaje y después de la segunda travesía que tuvo un periplo por el norte de Europa, países escandinavos, Rusia, Londres y Canadá, volvimos a Nueva York y decidí quedarme. Durante las travesías la empresa te retenía una parte del sueldo que te devolvían si decidías quedarte en algún puerto y eso me permitió contar con un dinero extra.
Sabemos lo difícil que es en la actualidad que te permitan entrar a vivir en EEUU, ¿cómo fue tu experiencia en su momento?
Era más fácil. Yo iba con un gallego, de Galicia (ríe), y fuimos viendo de encontrar otro barco mercante que hiciera el recorrido por Sudamérica. No conseguimos nada, se nos acabó el dinero y decidimos ponernos a trabajar. En ese momento te daban un carnet de Social Security que te permitía trabajar. Yo empecé en restaurantes de Nueva York, luego en Monticello donde hay pistas de sky y hoteles y ahí me cogió inmigración, estuve dos días preso y alguien me pagó la fianza. Y ahí me enteré que solo tenía seis meses de estancia. La solución era casarme o me mandaban a España o a Costa Rica. El gallego se fue para Costa Rica y yo conocí a una alemana nacionalizada y nos casamos. Al año me dieron la residencia, conocida como Green Card y partí hacia Miami para hacer la temporada que casi dura todo el año y me divorcié de la alemana.

¿De qué trabajas en Miami?
Ya estoy jubilado pero he tenido una empresa de pinturas, decoración y materiales de construcción. Estoy casado con Miriam que es cubana y tenemos una hija, Janess, que ya tiene 32 años.
Viviendo en un estado como Florida, multicultural y con un componente latino mayoritario, ¿cuál es vuestro pulso con la era Trump?
Yo no creo en la política, me da igual. No hay ser humano que pueda ejercer la política y que deje contento a todo el mundo, es imposible. Lo que sí es cierto es que este nuevo gobierno ha despertado ciertas actitudes racistas que ya creíamos superadas.
Vives en Miami cerca de South Beach y habéis partido a España un día antes de que pasara el huracán Irma. ¿Qué noticias tienes de tu casa y tu barrio?
Fuimos de los últimos vuelos en salir pero dejamos la casa que es sólida, de techo plano, y muy bien sellada. Según nuestros vecinos fue la lluvia que cayó en la zona el efecto más importante y, entre los principales daños, la caída de árboles así como algunas inundaciones. Mucho peor lo pasaron en islas como St. Martin que han quedado arrasadas por la fuerza del agua y del viento.
¿Cómo ves a Formentera ahora?
Ha cambiado mucho y para mejor. Hay un mejor nivel de vida. Las casas cuentan con agua, luz y cuartos de baño que antes no tenían. Se vive mejor pero con más estrés, aunque reconozco que el volumen de turistas es muy alto. Poco es bueno y demasiado satura. Quizás lo que habría que solucionar es el tema de las carreteras que son demasiado estrechas para el volumen de tráfico que tienen.










































